miércoles, 17 de enero de 2018

La tormenta y el búho


Hay canciones que remueven sentimientos de lo más profundo del alma, aunque no siempre sean positivos. Pero es nuestra elección decidir qué hacer con los sentimientos que se producen en nuestro interior. Dedicado a la estrellita brillante que prende mi inspiración.


La tormenta y el búho
A veces las nubes caen y la tormenta se acerca. Una angustia impenetrable solamente iluminada por fugaces relámpagos de recuerdos ya envejecidos. Un silencio enloquecedor solamente roto por los atronadores gritos de un alma herida. Lágrimas de tristeza caen del cielo en un continuo diluvio de sueños perdidos, mientras un viento cruel y desgarrador aúlla ese adiós que por siempre se instaló en lo más profundo de mi dolor. Y resignado sucumbo ante la furia de los elementos de mi desdicha…
Hasta que un tenue sonido llama mi atención. Miro a mí alrededor y, en la oscuridad de la tormenta, puedo percibir un ulular proveniente de una pequeña cueva cercana, en la que no había reparado hasta ahora. Curioso, olvidada la tormenta por un momento, decido investigar. Se trata de un pequeño escondrijo, lo suficientemente grande como para que pueda caber por completo dentro. Una vez en su interior, veo el origen del sonido: un pequeño búho que me mira fijamente, irradiando curiosidad y… ¿satisfacción? Intento no moverme demasiado, pero el pequeño animal no parece asustarse. Todo lo contrario, una vez que ya estoy dentro de la cueva deja de ulular, cierra los ojos y se queda inmóvil. Es entonces cuando me doy cuenta de lo cansado que me siento. Miro afuera y veo que la tormenta sigue en todo su apogeo, pero aquí dentro al menos me encuentro protegido de su azote. Tras murmurar un breve agradecimiento al búho que me descubrió este refugio, me acurruco y caigo profundamente dormido.
Despierto sobresaltado, sin saber muy bien donde me encuentro. Poco a poco los sucesos de la noche anterior vuelven a mí. Miro a mi alrededor, pero no hay rastro ya del pequeño búho. Un poco apenado por su ausencia, estiro mi cuerpo y decido salir de la cueva. Para mi asombro, me recibe un cielo azul y limpio, el sol radiante brillando con fuerza y un ambiente fresco pero revitalizante. Es cierto, se me había olvidado: después de la tormenta siempre viene la calma. Y me doy cuenta de que gracias al sabio búho he aprendido la lección de no tengo por qué resignarme ante su azote, disponiendo de tantos refugios en los que poder guarecerme. Sin embargo, la tormenta me había desorientado, y me hallo ahora sin idea alguna de donde me encuentro. ¿Qué hacer? ¿Hacía donde debería dirigirme? La angustia por encontrarme perdido amenaza con invadirme hasta que un nuevo ulular hace que me gire hacia la entrada de la cueva donde, grabado en el suelo, puedo ver un símbolo conocido. Sonriendo, respiro hondo y me tranquilizo. Miro otra vez el hermoso día, y pienso que quizás no sea tan malo estar un poco perdido. Así, lanzo un agradecimiento al aire y parto en dirección hacia lo desconocido, deseoso de descubrir las maravillas que me deparará el nuevo día. ¿Mi guía? La rosa de los vientos que el búho para mí dibujó. 


miércoles, 20 de septiembre de 2017

¡Vive!

¡Vive! No hay meta más importante, ni obligación más acuciante... ¿Cuál es el sentido de la vida, sino vivir? Vivir el momento, cada segundo que llega a nuestras manos y que tan rápido como aparece nos abandona. Pero es en ese segundo en el que tenemos que vivir, ni en el tiempo que ya ha pasado, ni en el tiempo que todavía está por venir.

¡Vive! Libre de todo cuanto te ate a lo que no eres, de aquello que te impida manifestar plenamente tu esencia más profunda. La sombra del pasado es larga y su atadura poderosa, un canto seductor que nos impide avanzar. Pero el pasado no es un refugio, no es una protección; tan solo es el camino que hemos recorrido hasta ahora, y que para avanzar deberemos abandonar.

¡Vive! Segundo a segundo, embriagándote con todo cuanto te rodea, amando cada momento como algo nuevo e irrepetible que nunca volverá... O quizás sí, ¿quién puede saberlo? Pues el futuro es tierra de nadie, ¿cómo saber que ésta no será nuestra ultima respiración? No, el futuro no es una certeza, sino un terreno desconocido por descubrir

¡Vive! Porque el tiempo es finito, y nuestra vida demasiado corta como para no disfrutarla. Porque sólo nosotros debemos ser los autores de nuestra propia obra, nadie más puede escribirla por nosotros. Porque sólo nosotros debemos ser el protagonista de nuestra propia historia, nadie más puede vivirla por nosotros.

¡Vive! Pues no hay mayor tristeza que morir sin haber vivido. No hagas caso a los miedos, a la duda, a la angustia, al dolor, ni a las excusas que nos intentan controlar. Tú eres el dueño de tu vida, no hay mayor verdad. Así que respira hondo, reúne la fuerza que late en ti, levanta la mirada, enfréntate a tus miedos y al mundo, y...

¡VIVE!


miércoles, 15 de marzo de 2017

La zona de confort


El concepto de la “zona de confort” es de sobra conocido para mí. Han sido muchos años de mi vida encerrado en dicha zona, atrincherado tras la rutina y lo conocido, escondiéndome ante el cambio y lo desconocido. La mente humana es algo maravilloso, pero su poder no siempre nos ayuda. Pues la mente fácilmente convierte una prisión en un paraíso terrenal y la tierra llena de promesas que nos rodea en un yermo plagado de peligros y carente de belleza. Así, no es difícil sucumbir ante los miedos y convencernos a nosotros mismos que no necesitamos nada más que lo que ya tenemos, eligiendo así aislarnos de las novedades y todos los peligros que éstas conllevan… rechazando así también todo lo bueno que podríamos descubrir. Conocer el concepto de la zona de confort es, por lo tanto, un paso importante para ser conscientes de la tendencia humana a acomodarse en dicha zona y para aprender a atravesar sus límites y crecer.

El vídeo transmite una elección esencial: la importancia de confiar en uno mismo, establecer una meta propia y trabajar por alcanzarla. El apego a la zona de confort suele ser un impedimento habitual que nos limita a la hora de perseguir nuestros sueños. Al fin y al cabo, si no salimos de nuestra zona de confort difícilmente podremos lograr nada nuevo. Es por ello necesario ser conscientes de los beneficios que otorga salir de la zona de confort. Especialmente interesante es tener en cuenta que, tal y como explica el vídeo, adentrarte más allá de los límites de la zona de confort no implica perderla, sino que en realidad se acaba ampliando y enriqueciendo.

Ahora bien, la teoría es algo muy interesante y útil, pero no sirve de nada si no se pone en práctica. La teoría puede ayudarnos a darle armas y preparación a nuestra motivación, pero a la hora de la verdad será indispensable que le prestemos toda nuestra fuerza para poder vencer a los miedos. Esto no es tan sencillo, pues tendemos a albergar un gran número de miedos en nuestro interior que dificultan la tarea. Y el principal problema radica en que la mayoría se alojan en el subconsciente, difícilmente accesible a través de la teoría o la reflexión. El vídeo nos enseña claramente el principal impedimento a la hora de superar el apego a la zona de confort: ¿Y si te sale mal? Los miedos nos hacen temer a lo desconocido, a esa “zona de pánico”, y con ello nos impiden ver que en realidad se trata de una “zona mágica” llena de posibilidades. Pero… ¿Y si me sale mal? Llevo años luchando por reducir mi apego por la zona de confort, y puedo asegurar la dificultad de vencer sobre ese tipo de miedos subconscientes. Sin embargo, también soy testigo del inmenso poder que ganamos sobre nuestras vidas cuando, tras una larga lucha, llega el día en que nos damos cuenta de que: ¿Y si me sale bien?

lunes, 6 de marzo de 2017

El pequeño búho

Dedicado a mi estrellita del Sur.

¿Cómo nace una estrella? ¿De dónde vienen? ¿Qué misterios guardan tras su brillo? Esas preguntas y muchas otras pasaban continuamente por la cabeza de un pequeño búho que se pasaba todas las noches contemplando el firmamento nocturno habitado por mil estrellas. Todas y cada una de ellas eran viejas conocidas del pequeño búho, fieles compañeras que lo arropaban con su brillo noche tras noche. Aún cuando las nubes ocultaran el cielo, él nunca dejaba de percibir su presencia.
Fue siendo muy jovencito cuando el pequeño búho empezó a sentirse fascinado por el cielo estrellado. Mientras los demás búhos se afanaban en sus tareas, él no podía evitar alzar la vista y quedarse extasiado ante tan hermoso espectáculo. Sus más jóvenes compañeros se reían y burlaban de él, insistiéndole en que dejase de perder el tiempo con algo tan aburrido y que se dedicara a disfrutar más de los juegos, como el resto. Los búhos más ancianos también arremetían contra él, acusándole de soñador y holgazán, instándole a dejar de perder el tiempo con tonterías fuera de su alcance para dedicarse a la caza y a las demás tareas prácticas que todo búho que se precie debe realizar.
Al principio, temeroso de las críticas del resto, el pequeño búho trataba de comportarse como sus demás compañeros. Pero, de vez en cuando, no podía evitar alzar la vista y sumergirse en la luz estelar. Una luz que invitaba a la contemplación. Una luz que invitaba a la atención. Una luz que invitaba a la reflexión. Y poco a poco, el pequeño búho dejó de esforzarse tanto en imitar acciones vacías de significado, de dejarse influenciar por opiniones vacuas y comenzó a cambio a dejarse llevar por lo que desde dentro le llenaba.
Así, mientras el resto de compañeros se afanaban en jugar, cazar y en otros quehaceres “propios de los búhos”, como dirían los más ancianos, el pequeño búho se acomodaba cada noche en la rama más alta del árbol más alto y observaba con atención y reverencia el cielo estrellado, abriéndose a la inmensidad de un conmovedor espectáculo que escapaba de su comprensión, anhelando aprehender el misterio que noche tras noche se presentaba ante él. Hasta que una noche, algo sucedió.
Era una noche oscura. Un manto de nubes cubría el firmamento, pero el pequeño búho se erguía una vez más fiel en su atalaya, conocedor de que la luz de las estrellas seguía brillando más allá de las nubes que las ocultaban. Y en un momento, sin motivo aparente, sin razón, algo surgió en él. Un deseo, un desafío, una convicción. Con la vista fija en la oscuridad, como si observara algo invisible para los demás, desplegó las alas y comenzó a volar.
Voló y voló, sin descanso, siempre hacia arriba. Pronto dejó atrás los sonidos de la foresta, sumergiéndose en el silencio y la oscuridad más absolutas. Pero siguió ascendiendo, siempre con un rumbo fijo. El tiempo pasaba, el frío atenazaba cada vez más y el cansancio comenzó a hacer mella en él. Pero lejos de rendirse el pequeño búho siguió ascendiendo, empujado por un fuego interno que rugía con fuerza. Y cuando la flaqueza amenazaba con apoderarse de su cuerpo, cuando la convicción empezaba a dejar paso a la desesperación, entonces alcanzó el manto de nubes y se sumergió en él.
Inicialmente sorprendido y desorientado, pronto comprendió, y con energías renovadas redobló el ritmo dirigiéndose hacia la luz que se empezaba a vislumbrar más allá de las nubes. Pero, tan cerca como estaba de su ansiado objetivo, las fuerzas le empezaron a fallar. Cuanto más se acercaba más difícil era continuar. Las alas le pesaban, la respiración se le entrecortaba y el fuego que le había alimentado parecía apagarse rápidamente, consumiéndose junto con él. Tan cerca, y a la vez tan lejos. Casi al alcance de su pico, pero incapaz de continuar. Y cuando parecía que no lo iba a conseguir, cuando la conciencia comenzó a abandonar su cuerpo y las tinieblas invadieron su interior… Con un último esfuerzo titánico batió sus alas una vez más, logrando salir por fin de entre las nubes. Y su cuerpo exhausto, inerte y vacío, fue entonces envuelto por una radiante luz, fue llenado por un imparable torrente de serenidad y paz.
¿Cómo nace una estrella? ¿De dónde vienen? ¿Qué misterios guardan tras su brillo? No son preguntas que el resto de búhos se haga. Ya suelen decir los ancianos: si vives mirando al cielo, no verás los ratones que corretean por el suelo. Si alguno de los compañeros del pequeño búho fue consciente de su marcha, pronto se olvidaron. Siguieron viviendo como viven los búhos, noche tras noche con la vista fija en el suelo. Indiferentes al firmamento nocturno habitado por mil y una estrellas.

domingo, 16 de octubre de 2016

¿Quién tiene razón?

Hay ocasiones en las que una o varias personas realizan una afirmación sobre nuestro comportamiento, forma de ser o personalidad con la que no estamos de acuerdo. Entonces, en estos casos...¿Quién tiene razón?

Mi primera impresión es que es la propia persona quien tendrá razón. Al fin y a al cabo, no hay nadie que nos conozca mejor que nosotros mismos... ¿No? Aunque, si lo pensamos bien, ¿cuántas veces nos engañamos a nosotros mismos? ¿Somos realmente conscientes de nuestra verdadera naturaleza, de lo que hacemos en cada momento? Pensándolo bien quizás sean los demás quienes tengan mayor capacidad para poder ver objetivamente lo que hay, mientras que nosotros sólo conseguimos ver lo que creemos que hay.

Recuerdo, hace unos cuantos años, cuando todavía ni siquiera conocía que existía otro camino. Me recuerdo explicándole a aquella chica por qué prefería la "comodidad" de mi habitación a salir de fiesta y defender férreamente mi postura ante sus dudas sobre si realmente era feliz con una vida así. ¿Quién tenía razón? Pues al momento me di cuenta de la respuesta, sin ningún tipo de duda: ella. Sus dudas eran acertadas, y mi defensa no era más que una artimaña, no tanto para engañarle a ella sino más bien para engañarme a mí mismo y no aceptar una terrible realidad: la elección libre de una forma de vida que no me hacía feliz.

Recuerdo también otro caso más reciente, y también más positivo. Mucho había cambiado desde aquella ocasión y esta vez me encontraba ya dando mis primeros casos por el verdadero Camino, que comenzaba a extender delante de mí como una pista de despegue. Fue un comentario habitual, simple, en el que expresaba uno de mis mayores problemas: mi timidez. Pues la sorpresa fue muy grande al contemplar el claro escepticismo de mi interlocutora, que con una seguridad palpable afirmó que yo no era tímido. Una vez más, descubrí que no era yo quien tenía la razón. Hablaba desde un conocimiento anticuado de mí mismo, pensando en la gran timidez que tantas trabas me había supuesto en el pasado... Sin darme cuenta de que lo que creía que era un rasgo ineludible de mi personalidad, en realidad no era más que una parte de la crisálida que con mi maduración comenzaba poco a poco a resquebrajarse. Pero sin ser consciente de ello hasta que alguien supo mostrármelo.

Creemos que nos conocemos bien, pero no siempre es así. En ocasiones, la visión objetiva de los demás es capaz de descubrirnos lo que por una razón u otra no somos capaces de ver. Y aunque, como en ocasiones puede suceder, sus observaciones les haga llegar a una afirmación equivocada... Salvo que mientan o quieran de forma deliberada causarnos mal, debemos tener en cuenta que toda afirmación proviene de algún tipo de evidencia. Y quizás nos convenga reflexionar sobre lo que les ha podido llevar a los demás a sacar una conclusión errónea, porque puede ser una señal que nos indique que hay algo que se nos escapa.

¿Quién tiene razón? Lo importante no es la respuesta en sí, que dependerá de cada situación. Lo importante, en realidad, es la pregunta. Hacerse la pregunta, parar a reflexionar, y hallar tu propia respuesta. Esa es la clave que nos permitirá dar un paso más en nuestro Camino.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Amanecer a una nueva vida

Porque el sol nunca desaparecerá para quien sepa ver más allá de las nubes.

Porque la oscuridad nunca ocultará el mundo para quien sepa escuchar.

Porque éste puede ser el primer amanecer de una vida nueva y libre.

Una vida donde solo reine el amor y la felicidad.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Una mañana especial

Salgo de casa y me abraza el frío. Pero no un frío helador o posesivo, sino un frío amable y refrescante. El cielo azul me saluda, mientras los rayos del madrugador sol me acarician templando mi piel. Y la música... La música llena mis oídos y me transporta fuera de mi cuerpo para poder disfrutar de esta excelente mañana sin ataduras.

Temo que es un corto viaje hasta el instituto, donde pasaré encerrado el resto del día. Aún así, es suficiente para renovar mi entusiasmo y volver a hacer que luzca mi sonrisa. La vida está llena de este tipo de pequeños momentos de felicidad. Sólo cuando seamos capaces de reconocerlos y aprovecharlos, entonces podremos vivir de verdad.

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